Archive for the ‘Politics’
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January 20, 2010 by
Horacio
Más sobre Mariano Grondona. En los años ‘60 el periodista escribía en la revista Primera Plana. Lo que transcribo acá es su columna del 30 de junio de 1966. Acaba de ser derrocado Arturo Illia y Juan Carlos Onganía es el presidente de facto. El artículo se llama “Por la Nación” y da al presidente inconstitucional la etiqueta de caudillo. El Mesías reclamado llegó al poder. El periodista, cambia el tono y pone en el nuevo presidente todas sus esperanzas para la construcción de una futura gran nación. Si uno no conociera la trayectoria que este periodista completaría años después podría acusarlo benévolamente de ingenuo. Imposible. A continuación, el texto; los resaltados son míos.

Por la Nación
Mariano Grondona
Primera Plana, 30/06/1966
En las jornadas de setiembre de 1962 surgió algo más que un programa, una situación militar [nota: los enfrentamientos entre las facciones coloradas y azules del Ejército argentino que terminaron con la victoria de ésta última, que consagraron a su líder, Juan Carlos Onganía, como Jefe del Ejército] o una intención política: surgió un caudillo. Fenómeno es éste, de tanta importancia, que no se repite en la misma generación. A partir de entonces, el problema del país fue uno solo: cómo homologar el mando profundo, la autoridad secreta y sutil del nuevo protagonista. Se intentó primero la vía electoral. Pero cuando quedó bloqueada, el proceso político siguió una vida ficticia y sin sentido: exactamente como la legalidad que se edificó sobre su derrumbe. Al jurar la presidencia en octubre de 1963, Arturo Illia no comprendió el hondo fenómeno que acompañaba a su encumbramiento: que las Fuerzas Armadas, dándole el Gobierno, retenían el poder. (…) La Nación y el caudillo se buscan entre mil crisis, hasta que, para bien o para mal, celebran su misterioso matrimonio. En el camino quedan los que no comprendieron: los Derqui, los Juárez Celman, los Castillo y los Illia.
No queremos comparar aquí a Juan Carlos Onganía con nuestros caudillos de ayer: sea cual fuere el juicio que ellos merezcan, su destino está cristalizado, es inmutable. Onganía, en cambio, es pura esperanza, arco inconcluso y abierto a la gloria o a la derrota. Queremos, en cambio, comparar su situación con la de sus antecesores. Y esa situación es idéntica y definida: el advenimiento del caudillo es la apertura de una nueva etapa, la apuesta vital de una nación en dirección de su horizonte.
El gran error radical fue, entonces, producto de su óptica partidaria. Illia no comprendió que su misión era, en definitiva, viabilizar el encuentro del caudillo con la Nación. Lo pudo hacer si hubiera puesto el ideal de la Nación por encima del ideal del partido. Pero el radicalismo identificó su propia suerte con la del país. Illia, dueño del Gobierno, se creyó, también del poder. (…)
La Argentina se encuentra consigo misma a través del principio de autoridad. El Gobierno y el poder se reconcilian, y la Nación recobra su destino.
Quiere decir, entonces, que los tres poderes de Alberdi -el civil, el militar y el bonaerense- están de nuevo reunidos en una sola mano. A partir de aquí, se puede errar o acertar. Pero lo que importa señalar en esta hora, en que la revolución es pura conjetura y posibilidad, es que hay una mano, una plena autoridad. Sin ella, con el poder global quebrado y sin dueño, no había ninguna posibilidad de progreso; porque la comunidad sin mando es la algarabía de millones de voluntades divergentes. Con ella, en cambio, hay otra vez Nación. Para ganar el futuro o para perderlo. Pero, al menos, para dar la batalla.
Las naciones se miden por su impaciencia. Francia, así, demostró su magnitud cuando no resistió la navegación a la deriva de la Cuarta República. España, cuando rechazó el desquicio de las postrimerías de su propia República. Inglaterra, cuando no soportó la idea de una Europa alemana. La Argentina, en estos años cruciales, tenía que poner a prueba su vocación de grandeza. El mantenimiento de la situación establecida tenía sus ventajas: la vida apacible, las garantías institucionales, un cierto bienestar. Era la agonía a muy largo plazo: la vida para nosotros, la muerte para nuestros hijos. La Argentina tenía una tremenda capacidad para optar por la mediocridad: alimentos, buen nivel de vida en comparación con otros pueblos, facilidad de los recursos naturales. Todo la llevaba, aparentemente, a la holganza y a la lenta declinación. Era la tentación de una Argentina victoriana, que, usufructuaria de la grandeza del fin de siglo, se preparaba para bien morir, huérfana del desafía, del reto histórico que a otras naciones lanzan la guerra o la geografía. La Argentina tenía, en su lentísima desaparición, un solo elemento de reacción: su propio orgullo.
La etapa que se cierra era segura y sin riesgos: la vida tranquila y declinante de una Nación en retiro. La etapa que comienza está abierta al peligro y a la esperanza: es la vida de una gran Nación cuya vacación termina.
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November 22, 2009 by
Horacio
Con los días contados en el gobierno tras permitir la participación del peronismo en las elecciones legislativas de 1965, el Presidente de la Argentina, Arturo Illia, debió convivir, por un lado, con la debilidad intrínseca de haber sido elegido en elecciones no libres y por el otro con la terrible campaña de desprestigio que desde los medios de comunicación se construyó en torno a él (sobre todo a partir de su decisión de no proscribir a ninguna fuerza política). Se le impuso desde ciertos sectores una agenda “virtual” y una consiguiente imagen de ineficiente por su incapacidad para seguirla. A pocos días del derrocamiento de Illia y la posterior toma del poder por parte de las Fuerzas Armadas mediante el General Juan Carlos Onganía, uno de los responsables de allanar el camino al gobierno militar, el periodista Mariano Grondona, escribió la siguiente columna en Primera Plana.
En ella manipula conceptos propios de la Historia Antigua intentando aplicarlos a la realidad argentina de 1966. El “dictador romano” (que no debe confundirse con el “tirano griego”) salvará a la patria en los momentos de crisis. De esa curiosa manera Grondona justifica la necesidad de un gobierno de facto que concentre todo el poder en una sola mano. Apenas un mes después, su deseo se haría realidad. Las Fuerzas Armadas controlarían el gobierno ya no, a diferencia de los golpes de antaño, para “corregir” una situación “anómala” dentro de la vida política argentina, sino para quedarse indefinidamente, con un plan que no podía ser debatido democráticamente mediante elecciones ni ser puesto en manos de civiles. A continuación, el texto de Grondona de 1966. Los resaltados son míos.

La dictadura
por Mariano Grondona
31/05/1966
(…) En la democracia hay situaciones normales y anormales. En las primeras, basta el rodar tranquilo y rutinario de los engranajes institucionales. En las segundas, hace falta una energía suplementaria, un esfuerzo especial del sistema para superar obstáculos de excepción. La democracia puede ir al paso o a la carrera. Y el estado de emergencia o de sitio es sólo una de las expresiones de la anormalidad: manifestación legal, que es a veces la menos importante.
Actualmente se utilizan los términos “dictadura” y “dictador” como sinónimos de “tiranía” y “tirano”. Es un grave error de perspectiva histórica. “Tirano” llamaron los griegos a quien, usurpando el gobierno o abusando de él, concentraba todos los poderes en su mano por encima de la ley y oprimía al pueblo en su propio beneficio. “Dictador” llamaron los romanos, en cambio, a quien era designado legalmente para enfrentar una situación de excepción, por un término preciso y con amplios poderes. El tirano es un monstruo, una deformación política. El dictador es un funcionario para tiempos difíciles.
Esta idea romana de la “dictadura” es más profunda de lo que parece a simple vista. No sólo está en la base de todas las instituciones de excepción, como nuestro estado de sitio y nuestra intervención federal. Indica, también, que un orden político enfrenta a veces situaciones que exigen una extraordinaria acumulación de energía en algunos puntos decisivos. La vida histórica de las naciones no es lineal, sino quebrada. Hay tiempos de suave pendiente y hay tiempos de ascensión violenta. Hay tiempos en que el horizonte es amplio y expedito y hay tiempos en que se cierra de golpe detra´s de algún obstáculo monumental. La verdadera sensibilidad política reside, entonces, en apreciar debidamente la fisonomía de cada coyuntura. En ser cauto y monocorde cuando el país atraviesa la llanura. Y en adoptar la figura y la fuerza de los conductores cuando el camino se vuelve áspero y sinuoso.
Una de las claves del fracaso del Gobierno en más de un frente es su equivocada percepción del tiempo político argentino.
Normalidad y anormalidad: la Argentina no atraviesa un momento de normalidad, sino de anormalidad. Pero el Gobierno se empeña en ser “normal”. La imagen que el Presidente tiene de sí mismo es la imagen de Marcelo T. de Alvear. Pero no vivimos, por cierto, el tiempo transparente de ese digno presidente radical. El oficialismo fue engañado, en este sentido, por la transitoria fatiga de las luchas de 1962 y 1963. El país que surgió del agitado proceso de los “azules” y los “colorados” necesitaba, es verdad, una tregua. Pero no quería por eso una postergación.
La situación “anormal” de la Argentina reside, en primero lugar, en razones objetivas: en la ausencia de inversiones -es decir, en la ausencia de futuro-, en el colapso de los servicios públicos, en episodios reiterados de rebeldía sindical, en la falta de concordia política e institucional. En segundo lugar, cuentan razones psicológicas de tanta o mayor importancia: la impaciencia colectiva por la inoperancia de un Estado antiguo ante un país moderno. Y, también, el doloroso recuerdo de un gran designio que los argentinos no han perdido de vista pese a sus dificultades: el designio de constituir una gran nación.
A veces, la anormalidad se manifiesta en hechos que, tomados por sí mismos, son tan graves como la huelga marítima de los británicos: la paralización de los servicios públicos, la violencia, la ocupación de fábricas, los disturbios callejeros. Pero la verdadera anormalidades “crónica” y reside más abajo, en las capas profundas del espíritu nacional: en el deseo común e irresistible de estar a la altura de nuestros sueños.
Obstinación o renovación: obstinarse en aplicar a esta situación remedios “normales”, de simple y tranquila evolución, es ignorar que la normalidad, como tal, nos ha abandonado hace mucho tiempo. El país no quiere ni espera un gobierno de pacífica y respetuosa rutina. El país espera un Moisés porque vislumbró la tierra prometida y se encuentra aún muy lejos de ella. Y esa tierra prometida no es sólo económica y social, sino, por encima detodo, política y universal: la presencia en América latina y en el mundo de una nación con genio y con destino.
Quizás el Gobierno esté a tiempo para interpretar esta esperanza y para asumir la responsabilidad de una sutil “dictadura” al estilo romano: la concentración de todas las energías políticas disponibles en una gran empresa nacional. Para ello, sin embargo, es necesario que advierta dos cosas. Primero, que hay una empresa nacional. Y segundo, que no la puede realizar solo.
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Politics, Posts en Español
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May 31, 2009 by
Horacio

Argentinean Secretary of Culture, José Nun and former President, Néstor Kirchner
If I were Néstor Kirchner I would give José Nun a raise immediately. The interview we had was an hour and a half unconditional defense and justification of almost every single “kirchnerist” action, included those, such as the INDEC (National Institute of Statistics and Census of Argentina) changes that were criticized by ministers such as Alberto Fernández and Sergio Massa.
It would be better for the government to be backed by the arguments of this serious expert in political science and not by some of those disgraced characters. Nun, a good professor, sometimes exceeds himself in his didactic speech and the extension of his answers. He looked so pro-government he even attributed Kirchner something he did not do: the recovery of the “paritarias” (special commissions where workers and employers are equally represented) and of the “Consejo del Salario” (Salary Council). The program through which the Secretary of Culture gives books together with houses to low-income families looked interesting. He almost got in trouble when he talked about corruption “relapses”. As a good kirchnerist thinker, he gives the media a decisive and malefic role that creates, he says, an unreal image: for a moment, he made me think Néstor Kirchner is Gandhi’s reincarnation.
Ricardo Cárpena on Argentinean Secretary of Culture, José Nun. La Nación, May 31, 2009. Full interview here.
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Politics, Posts in English, Spanish Culture
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