Mariano Grondona y la necesidad de un Dictador
Con los días contados en el gobierno tras permitir la participación del peronismo en las elecciones legislativas de 1965, el Presidente de la Argentina, Arturo Illia, debió convivir, por un lado, con la debilidad intrínseca de haber sido elegido en elecciones no libres y por el otro con la terrible campaña de desprestigio que desde los medios de comunicación se construyó en torno a él (sobre todo a partir de su decisión de no proscribir a ninguna fuerza política). Se le impuso desde ciertos sectores una agenda “virtual” y una consiguiente imagen de ineficiente por su incapacidad para seguirla. A pocos días del derrocamiento de Illia y la posterior toma del poder por parte de las Fuerzas Armadas mediante el General Juan Carlos Onganía, uno de los responsables de allanar el camino al gobierno militar, el periodista Mariano Grondona, escribió la siguiente columna en Primera Plana.
En ella manipula conceptos propios de la Historia Antigua intentando aplicarlos a la realidad argentina de 1966. El “dictador romano” (que no debe confundirse con el “tirano griego”) salvará a la patria en los momentos de crisis. De esa curiosa manera Grondona justifica la necesidad de un gobierno de facto que concentre todo el poder en una sola mano. Apenas un mes después, su deseo se haría realidad. Las Fuerzas Armadas controlarían el gobierno ya no, a diferencia de los golpes de antaño, para “corregir” una situación “anómala” dentro de la vida política argentina, sino para quedarse indefinidamente, con un plan que no podía ser debatido democráticamente mediante elecciones ni ser puesto en manos de civiles. A continuación, el texto de Grondona de 1966. Los resaltados son míos.

La dictadura
por Mariano Grondona
31/05/1966
(…) En la democracia hay situaciones normales y anormales. En las primeras, basta el rodar tranquilo y rutinario de los engranajes institucionales. En las segundas, hace falta una energía suplementaria, un esfuerzo especial del sistema para superar obstáculos de excepción. La democracia puede ir al paso o a la carrera. Y el estado de emergencia o de sitio es sólo una de las expresiones de la anormalidad: manifestación legal, que es a veces la menos importante.
Actualmente se utilizan los términos “dictadura” y “dictador” como sinónimos de “tiranía” y “tirano”. Es un grave error de perspectiva histórica. “Tirano” llamaron los griegos a quien, usurpando el gobierno o abusando de él, concentraba todos los poderes en su mano por encima de la ley y oprimía al pueblo en su propio beneficio. “Dictador” llamaron los romanos, en cambio, a quien era designado legalmente para enfrentar una situación de excepción, por un término preciso y con amplios poderes. El tirano es un monstruo, una deformación política. El dictador es un funcionario para tiempos difíciles.
Esta idea romana de la “dictadura” es más profunda de lo que parece a simple vista. No sólo está en la base de todas las instituciones de excepción, como nuestro estado de sitio y nuestra intervención federal. Indica, también, que un orden político enfrenta a veces situaciones que exigen una extraordinaria acumulación de energía en algunos puntos decisivos. La vida histórica de las naciones no es lineal, sino quebrada. Hay tiempos de suave pendiente y hay tiempos de ascensión violenta. Hay tiempos en que el horizonte es amplio y expedito y hay tiempos en que se cierra de golpe detra´s de algún obstáculo monumental. La verdadera sensibilidad política reside, entonces, en apreciar debidamente la fisonomía de cada coyuntura. En ser cauto y monocorde cuando el país atraviesa la llanura. Y en adoptar la figura y la fuerza de los conductores cuando el camino se vuelve áspero y sinuoso.
Una de las claves del fracaso del Gobierno en más de un frente es su equivocada percepción del tiempo político argentino.
Normalidad y anormalidad: la Argentina no atraviesa un momento de normalidad, sino de anormalidad. Pero el Gobierno se empeña en ser “normal”. La imagen que el Presidente tiene de sí mismo es la imagen de Marcelo T. de Alvear. Pero no vivimos, por cierto, el tiempo transparente de ese digno presidente radical. El oficialismo fue engañado, en este sentido, por la transitoria fatiga de las luchas de 1962 y 1963. El país que surgió del agitado proceso de los “azules” y los “colorados” necesitaba, es verdad, una tregua. Pero no quería por eso una postergación.
La situación “anormal” de la Argentina reside, en primero lugar, en razones objetivas: en la ausencia de inversiones -es decir, en la ausencia de futuro-, en el colapso de los servicios públicos, en episodios reiterados de rebeldía sindical, en la falta de concordia política e institucional. En segundo lugar, cuentan razones psicológicas de tanta o mayor importancia: la impaciencia colectiva por la inoperancia de un Estado antiguo ante un país moderno. Y, también, el doloroso recuerdo de un gran designio que los argentinos no han perdido de vista pese a sus dificultades: el designio de constituir una gran nación.
A veces, la anormalidad se manifiesta en hechos que, tomados por sí mismos, son tan graves como la huelga marítima de los británicos: la paralización de los servicios públicos, la violencia, la ocupación de fábricas, los disturbios callejeros. Pero la verdadera anormalidades “crónica” y reside más abajo, en las capas profundas del espíritu nacional: en el deseo común e irresistible de estar a la altura de nuestros sueños.
Obstinación o renovación: obstinarse en aplicar a esta situación remedios “normales”, de simple y tranquila evolución, es ignorar que la normalidad, como tal, nos ha abandonado hace mucho tiempo. El país no quiere ni espera un gobierno de pacífica y respetuosa rutina. El país espera un Moisés porque vislumbró la tierra prometida y se encuentra aún muy lejos de ella. Y esa tierra prometida no es sólo económica y social, sino, por encima detodo, política y universal: la presencia en América latina y en el mundo de una nación con genio y con destino.
Quizás el Gobierno esté a tiempo para interpretar esta esperanza y para asumir la responsabilidad de una sutil “dictadura” al estilo romano: la concentración de todas las energías políticas disponibles en una gran empresa nacional. Para ello, sin embargo, es necesario que advierta dos cosas. Primero, que hay una empresa nacional. Y segundo, que no la puede realizar solo.
