Fútbol y espectáculo
Revisando algunos de los posts que escribí para el blog La Redó! (blog de fútbol en español altamente recomendable), encontré uno publicado originalmente hace ya unos meses, pero que me gusta mucho. Se llama Fútbol y espectáculo, y como me parece que entra -¿un poco a la fuerza?- dentro del espíritu de este blog, lo reposteo. Espero que les guste; seguramente en el futuro agregaré algún otro post que haya escrito para la gente de La Redó!
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Mi abuelo era correntino. Nació y vivió toda su vida en esa provincia. Y le gustaba mucho el fútbol, era fana de Racing. Siempre contaba cómo era ser hincha de un cuadro de Primera cuando no existía la televisión, viviendo en un lugar a donde nunca llegaba ese fútbol. Escuchaba los partidos por radio, imaginaba las jugadas que el relator describía, y luego las discutía con sus amigos durante toda la semana. Todo sin haberlas visto. Era un mundo fantástico para él, con sede en Buenos Aires, en el que nombres novedosos e irreales como Avellaneda, Nuñez o Caballito se entremezclaban sin representar absolutamente nada más que Racing, River o Ferro.
Para mi abuelo, el fútbol era porteño. No podía entender que existieran hinchas de cuadros como Central, Colón o Talleres… claro, él no vivía en Córdoba o Santa Fe. Vivía en Corrientes. Y como él, existían miles de personas que seguían anónima y ciegamente el fútbol argentino, el fútbol porteño, el que salía en los diarios, el que pasaban en la radio, desde Catamarca, Formosa, Chubut, Misiones… Ese fútbol pre-televisivo -que existió hasta bien entrada la década del 70- ya era masivo. No era global como hoy, pero movía mucho. Multitudes lo seguían por radio y unos cuantos elegidos lo presenciaban in-situ.
Hoy el fútbol es global y público. Público, porque nadie puede quedar indiferente. Todo el mundo debe ser hincha de alguien. Empezando por nuestra presidenta, hincha de Gimnasia, sabemos de qué cuadro son todos y cada uno de los funcionarios públicos (curioso es que todavía no sepamos si Perón era de Racing o de Boca, muestra de que algo cambió en pocos años). Y es global, porque lo sabemos todo, lo controlamos todo. En Argentina , por caso, estamos al tanto de todo lo que pasa en el fútbol de todo el mundo (o al menos tenemos esa información a nuestro alcance) desde mediados de los ´90. Todo gracias a la televisión por cable y su insaciable necesidad de llenar horas y horas de programación, la redefinición de la prensa deportiva escrita encabezada por Olé! y la ampliación de las secciones de Deportes de todos los diarios (todavía recuerdo la pobrísima sección Deportiva de La Nación de hace 15 años), y por último, al arribo del océano, del infinito: Internet. Uno atrás del otro fueron llegando para cambiar completamente el modo de consumir fútbol.
Hoy sabemos todo, absolutamente todo. Sabemos cuál es el último tatuaje de Lavezzi. Sabemos que ayer Banfield practicó pelotas paradas. Conocemos toda la secuencia de ofertas y contraofertas entre Boca y Getafe por Abbondanzieri. Sabemos que a Sorín le gusta leer. Que un tal Llama una vez se sacó una foto en una casa con una camiseta de Central. Que a Saviola una vez sus compañeros de banco le hicieron una jodita durante un partido. Todo.
Por si esto fuera poco, estos entertainters multimillonarios invaden nuestras casas ofreciéndonos el último modelo de la camiseta de nuestro club favorito. Ponen a nuestra disposición toda la ropa que ellos usan para trabajar: si quiero (y tengo dinero) puedo usar la misma remera de entrenamiento que usa Riquelme o la misma campera que en invierno se pone Crespo para no morirse de frío en el banco de suplentes. También nos ofrecen videojuegos, maquinitas de afeitar, yogures y zapatos.

Y al final, este maremoto informativo es, en mi opinión, muchas veces agobiante y alienante. Me dejan 20 días sin fútbol y me agarra un síndrome de abstinencia bestial. Probablemente este comentarista haya basado su opinión en estereotipos, pero lo notorio es que, en teoría, es totalmente posible ver tantos partidos de fútbol como períodos de 90 minutos existen en el lapso de un fin de semana. ¡Y si somos ágiles con el control remoto, podemos optimizarnos como consumidores y ver quién sabe cuántos partidos y programas deportivos! El consumo se volvió voraz. ¡Y pensar que mi abuelo tuvo que esperar 40 años para poder ver en diferido fútbol de Primera División más de dos o tres veces al año!
Así, es cada vez más difícil separar el amor auténtico y legítimo por el deporte y la competencia del consumo ciego y compulsivo. Podemos estar todo el día “comprando” fútbol sin ver ni hablar de él. Podríamos hablar del espacio que el periodismo dedica a cuestiones ajenas al juego, como transferencias, árbitros, violencia o conventillo, pero nos alejaríamos del tema. Lo cierto es que la transformación del deporte de elite en una especie de Hollywood puede ser peligrosa para los amantes del fútbol porque lo desnaturaliza. El show ante todo. Si el espectáculo está por encima de la competencia misma, entonces podría transformarse el fútbol una especie de WWE. Seguramente no ocurrirá, al menos no abiertamente. Pero si lo único que importa es vender, entonces ganar será bueno mientras sea redituable. De hecho, ya asistimos a una realidad donde los motivos futbolísticos no son los únicos, y a veces siquiera los más importantes para decidir una contratación. David Beckham es el ejemplo más obvio, pero existen muchos otros futbolistas que con una sonrisa, una declaración, una novia o un jueguito pueden definir una transferencia.
¿Qué hacer ante esta situación? Porque si me gusta el fútbol, entonces no es cuestión de desencantarse y mandar todo a la mierda. No sería justo. No porque todo esté perdido, o no. No porque yo sólo pueda cambiar algo, bah ¡quién sabe!; pero el fútbol y el mundo siguen su curso. Sí porque el dueño del control remoto y del mouse soy yo, y ningún salame con micrófono me va a decir que tengo que hacer zapping ni me va a hacer creer que con el fútbol me va la vida*. Ser crítico de lo que se consume, poner cada cosa en su lugar y encontrarse con aquellos con los que se pueda compartir el genuino gusto por el deporte y la competencia deportiva tal vez sean las claves para evitar morir ahogado en la infinita galaxia informativa y consumista que hoy tenemos a nuestra disposición.
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*: Leer el final de la entrevista